TSJ Staff
Fluidstack, una compañía poco conocida que construye y opera data centers a medida para empresas de inteligencia artificial, se volvió pieza clave de un plan mayor: es el banco de pruebas con el que Google busca vender y distribuir su propio chip de IA, el TPU, más allá de sus propios centros de datos. Ese papel la llevó a cerrar una ronda de US$1.500 millones que la valúa en alrededor de US$18.000 millones y, según los registros de participación accionaria, convirtió a sus fundadores en nuevos multimillonarios.
El negocio de Fluidstack es la infraestructura, los 'picos y palas' del boom de la IA: arma y alquila el cómputo para entrenar y correr modelos. Google eligió alojar sus chips TPU en las instalaciones de Fluidstack para llevarlos a clientes fuera de su propia nube, un movimiento con el que intenta plantarle pelea a Nvidia en el mercado de los aceleradores de IA.
La valuación se disparó rápido: pasó de unos US$7.500 millones a comienzos de 2026 a los US$18.000 millones actuales, más del doble en pocos meses. Antes, la compañía había cerrado un acuerdo de US$50.000 millones con Anthropic para construirle data centers a medida en Texas y Nueva York.
Fundada en 2017 en Londres por Gary Wu, su CEO, junto a César Maklary y Jamie Cox, Fluidstack pasó de ser una plataforma para alquilar GPU a un jugador central de la infraestructura de IA. La última ronda la lideró Jane Street; entre sus respaldos previos figuran el fondo Situational Awareness, del ex investigador de OpenAI Leopold Aschenbrenner, los hermanos Collison de Stripe, el ex CEO de GitHub Nat Friedman y el inversor Daniel Gross.