TSJ Staff
En apenas un puñado de años, una camada de fundadores venezolanos pasó de la periferia a los titulares del venture capital. Cashea, la app de "compra ahora, paga después" que se volvió infraestructura de crédito en Venezuela, y Slash, el banco digital para empresas que en 2026 alcanzó una valuación de US$1.400 millones en San Francisco, marcan los dos extremos de un mismo fenómeno: un país que exportó una generación de operadores que hoy construyen a escala.
Cashea es el caso más contundente puertas adentro. La fundó Pedro Vallenilla, antes creador de TuDescuentón, "el Groupon venezolano". La fintech acumula más de 10 millones de cuentas, más de la mitad de la población adulta del país, y unos 40.000 comercios afiliados; sus transacciones equivalen a cerca del 3% del PIB venezolano. Tras años sin capital institucional relevante, en 2026 levantó cerca de US$100 millones entre una Serie A y una Serie B, con Endeavor Catalyst, FinSight Ventures y Plug and Play entre los nombres.
El otro extremo es la diáspora. Slash, cofundada por el venezolano Víctor Cárdenas (que dejó el país a los 18 para estudiar en Stanford, se hizo Thiel Fellow y abandonó la carrera), compite con Ramp en banca para negocios digitales. La compañía pasó de US$10 millones a unos US$300 millones de ingresos anualizados en dos años y cerró una Serie C de US$100 millones liderada por Ribbit Capital, con Khosla y Goodwater. Su cofundador y CTO, Kevin Bai, es canadiense: el sello venezolano lo pone Cárdenas.
Entre ambos polos hay un mapa cada vez más denso. En movilidad conviven dos modelos opuestos. Yummy, la superapp que fundó Vicente Zavarce, levantó cerca de US$70 millones (la mayor ronda para una startup venezolana en su momento) con capital de la diáspora y fondos como Anthos y Y Combinator. Ridery, de Gerson Gómez, tomó el camino inverso: capital local, foco en rentabilidad y cerca del 60% del mercado de ride-hailing venezolano con apenas US$2 millones levantados.
El fenómeno ya no es solo fintech ni solo Venezuela. Stack AI, plataforma de agentes de IA cofundada por el venezolano Bernardo Aceituno (doctor por el MIT), fue adquirida por Asana por unos US$75 millones en 2026. HeroUI, la librería de componentes de Junior García, acumula más de un millón de descargas mensuales en npm desde Buenos Aires. Y Fracttal, el software de mantenimiento industrial que cofundó el venezolano Christian Struve, gestiona más de 20 millones de activos desde Madrid y levantó más de US$50 millones, con Riverwood Capital a la cabeza.
Las stablecoins tienen su propio frente venezolano. Kontigo, el neobanco de Jesús Castillo, apunta a los latinos de Estados Unidos con unos US$20 millones levantados; El Dorado, la superapp de pagos P2P de Guillermo Goncalvez, superó el millón de usuarios en la región con respaldo de Paradigm, Coinbase Ventures y Multicoin Capital. En un país que se dolarizó de facto, mover dólares digitales dejó de ser una apuesta y pasó a ser un negocio.
Detrás de buena parte de estos nombres hay un mismo nodo. Epakon Capital, el fondo que montaron Zavarce y Diego Salas (ambos venezolanos, compañeros de colegio en Caracas), suma más de 40 inversiones en unos cinco años y aparece en las tablas de capitalización de Cashea, HeroUI, Stack AI, Meru y Krece, entre otras. Es la mecánica que convirtió a un fundador exitoso en el ángel que arrastra a los siguientes: algo cercano a una "mafia" venezolana al estilo de la de PayPal, pero todavía en formación.
El origen del patrón es menos épico y más doloroso. El colapso económico que empujó a más de cuatro millones de venezolanos fuera del país desde 2015 dispersó también a ingenieros y operadores por Rappi, Nubank y Mercado Libre. Esa diáspora, dicen analistas del ecosistema, empezó a reconectarse como "un grafo de capital, mentoría y distribución": los que salieron primero hoy financian y asesoran a los que vienen detrás.
Los protagonistas no esconden la ambición. "Estoy convencido de que de Venezuela saldrán empresas gigantes que servirán a ciudadanos de todo el mundo", dijo Zavarce. Cárdenas, por su parte, admitió no haber imaginado que volvería a mirar a su país como terreno de juego. La camada todavía es temprana y buena parte del capital vive fuera de Venezuela, pero los nombres se acumulan, y con ellos, por primera vez en años, una historia venezolana que no es de fuga sino de construcción.